Moon The Loon: Un lunático inmortal

Publicado en Desde una ventana el Septiembre 24, 2008 por Alquimista

“Llegué a decirle a la gente que era baterista incluso antes de tener una batería. Era un baterista en mi mente”. Keith Moon

Una noche de 1967 The Who se presentó en el controversial programa de televisión The Smothers Brothers Comedy Hour. La audiencia, agitada por la fuerza de “My Generation”, vio algo más que a Pete Townshend y sus molinos, los tartamudeos intencionales de Roger Daltrey, los dedos de trueno de John Entwistle y la impredictibilidad de Keith Moon. Como siempre, hubo guitarras quebradas, amplificadores pateados, explosiones y mucho humo, aunque esta vez algo más de lo acostumbrado. Todos voltearon hacia Moon. Keith, en su personalidad de Mr. Hyde, se había excedido en la carga de explosivos. La última explosión en su batería no sólo tostó gran parte de la melena de Pete sino que lo dejó con un problema auditivo de por vida. Pero no importaba, a Keith se le perdonaba todo como a cualquier genio incomprendido: había sido el primero en convertir la batería en un instrumento fundamental en una época en la que la sólo era una especie de marcapasos escondido.

Keith Moon sufría de déficit de atención e hiperactividad, desorden de personalidad, era alcohólico y tenía tendencia al vandalismo. No tenía sentido del ridículo y era muy divertido e impredecible. Era un demonio lleno de muecas y gestos, experto en manejar sus propias cejas tan bien como la batería. Aunque sus profesores de colegio lo calificaran como “artísticamente idiota” y con “tendencia a hacerse notar”, el pequeño Keith siguió el camino que trazó su personalidad caótica más que el de una típica escuela británica. Tenía la habilidad del antihéroe que rompe las reglas para crear un estilo único: seguir el ritmo de la línea vocal en lugar del usual contraritmo asociado al bajo y hacer de la improvisación una habilidad innata, un especie de sexto sentido para saber qué tocar y cuando no tocar. Su naturaleza de improvisación tenía algunos secretos mágicos: su poca capacidad de enfoque y atención, el gusto por los riffs del surf rock y la influencia del notable baterista americano de jazz Gene Krupa.

Puedes continuar leyendo esta nota en la edición impresa #13 de Dedomedio.

Sin heroismos por favor

Publicado en Carver el Junio 20, 2008 por Alquimista

Carver

La vista del Estrecho de Juan de Fuca desde Port Angeles es la mejor. Forma parte de la frontera entre Estados Unidos y Canadá, por lo que no es extraño ver ferries cruzando desde el estado de Washington hasta British Columbia varias veces al día. Una tarde de verano de 1988, parada frente a ese paisaje ultramarino, Tess Gallagher recordaba sus días en bote con Raymond Carver. Una brisa fría la despeina y pienso si hubiese sido un buen momento para preguntarle cómo lo recordaba: navegando bajo una vela al viento, leyendo un libro en el restaurante Cornerhouse o sentado en el estudio de su casa. Carver había celebrado este paisaje en tres de sus libros de poesía, DONDE EL AGUA SE JUNTA CON EL AGUA (1985), ULTRAMARINA (1986) y BAJO UNA LUZ MARINA (1987) y Tess comprobaba el por qué. Al lado, la tumba de granito negro y esa fotografía de los dos juntos; al frente, el canal. Había pasado una semana desde la muerte de Raymond y Tess parecía repasar el epitafio en su cabeza una y otra vez: “¿Y conseguiste lo que querías de esta vida? / Lo conseguí. / ¿Y qué querías? / Considerarme amado, sentirme amado sobre la tierra

Lo consiguió. Hoy Carver podría ser un invitado de lujo de David Letterman o aparecer en un cameo en Seinfeld. Era tan divertido como sus historias. Sin embargo, tenía una apariencia seria e introvertida. Su mirada era enigmática, mostraba cierta nostalgia y la astucia de un sabueso. Había algo de tristeza también, pero reflejaba seguridad. Algunas fotos lo muestran durante los 70 con patillas estilo Elvis y por momentos parece un personaje de sus propias historias.

Carver no estuvo ajeno a los vicios. Solía referirse a sí mismo como “un cigarrillo pegado a un cuerpo” y no resulta difícil adivinar cuál fue la enfermedad que lo consumió. Su primera colección de relatos, ¿QUIERES HACER EL FAVOR DE CALLARTE?, habla de alcoholismo y matrimonios en la cuerda floja. Fue publicada en el periodo más tóxico de su vida, entre 1976 y 1977, época en la que fue hospitalizado cuatro veces por problemas recurrentes con el alcohol. Luego de leer “La casa de Cheff” publicada en The New Yorker, Maryann Burk –el amor de su adolescencia y su primera esposa– se preguntó cómo podían llamar a eso ficción cuando todo lo narrado era muy cercano a su vida con Raymond. Se sintió ofendida. Muchos de los cuentos de Carver eran inspirados en su vida real, especialmente en la época que vivió con Burk.

Puedes continuar leyendo esta nota en la edición impresa #10 de Dedomedio.

Un puerto para Carver

Publicado en Carver el Mayo 23, 2008 por Alquimista

Raymond Carver caminando cerca a su casa en Port Angeles (1984).

Orilla de piedras. Castañeo. Azul y mar se confunden con horizonte y cielo. El Vancouver Ferry entre bolicheras y botes a vela. Nombres como Mary Ann o Catherine adornan proas que llegada la tarde anuncian el fin de jornadas de pesca y salmones. En tierra firme las ostras, ostiones y langostinos se sirven al vapor de cerveza; el salmón muchas veces ahumado y la carne de venado en guiso. El restaurante Cornerhouse siempre tan casual como sus asientos de vinilo. Llegando a la esquina un dispensador de The Seattle Times aguarda solitario. Con el viento de cómplice, el sonido de ferias y carruseles de caballos blancos resulta inconfundible. Tanto como la inmensidad verde del Olympic Nacional Park. Ahí, entre bosques y bayas salvajes los caminantes en la ladera del río deciden tomar un reparador té sobre el césped. Un letrero informa,“Port Angeles. Population: 18,397″. Hogar de Raymond Carver, fuente de matices pop para sus relatos y celebración eterna en sus poemas.

Like Sunday

Publicado en Crianza el Septiembre 15, 2007 por Alquimista

Nunca tan fiel al sentimiento clandestino de una ciudad: cielo serio y sin respuestas, ladrillos que sólo parecen ocultar los últimos acopios de carbón, gente incapaz de vestir gamas de colores diferentes al gris reflejada sobre las aceras y en donde hablar de la primera gota de lluvia es hablar de toda la lluvia. Para acercarnos a eso sólo hay uno: Morrisey. Después de todo, la ‘M’ de Manchester le pertenece.

Estimated Time of Arrival (E.T.A.)

Publicado en Crianza el Julio 13, 2007 por Alquimista

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La primera vez que escuché este término no fue en un aeropuerto ni esperando el aterrizaje del Challenger por la tele. Un gran amigo había escrito sobre las discusiones que él y su mejor amiga de toda la vida tenían cada vez que se volvían a cruzar. “¡Puta madre, qué pésimo E.T.A.! Es una simple cuestión de sincronía”, decía.

Puede que sí. Sin embargo, en el fondo esa asincronía o “mal tiempo” se traduce en diferentes grados de madurez, o sencillamente en emociones turbadas por la inercia de gritos y platos rotos que usualmente nos persiguen de relaciones anteriores. Algunos nos valemos de eso y hasta nos acostumbramos a nuestra propia rutina de sufrimiento. Otras veces -más por decisión y sentimientos que por un análisis de posibles escenarios- volvemos a la carga e intentamos con una misma persona, en espacio-tiempos diferentes para obtener el mismo resultado: mal E.T.A., mal timing. Tengo algunos buenos (o malos, en realidad) ejemplos en mi vida y vaya que lo hago muy bien (aunque me sigo preguntando por qué considerando que pocas veces soy tardón). ¡Hallelujah, Leonard!, al menos hago mi mejor esfuerzo.

No se si antes de escuchar a mi amigo se me habría ocurrido asociar el término a relaciones y sentimientos. Lo cierto es que hacerlo tiene mucho sentido si lo vemos como la espera para que una tormentosa relación termine, comience una nueva fantasía (se me salió lo romanticón) o quizá recomience todo con un borrón y cuenta nueva. Y de eso trata la obra de teatro Estimated Time of Arrival producida por el Thirteenth Night Theatre Company en New York, como para profundizar la nostalgia y la escena ambivalente de amor y soledad que este término encierra.

La obra comprende cinco viñetas de un solo acto. “Double Click” trata sobre amores por Internet, específicamente sobre JDate.com; “Hang Up”, originalmente escrita para un drama de radio de la BBC, es la conversación telefónica que tiene una pareja de solteros sobre sentimientos de soledad, desconfianza, miedo y cariño; “Methinks” es el encuentro de una pareja por primera vez después de cinco años de haber roto; “Split Part One”, escrita en 1980 y según leí la pieza mejor lograda de las cinco, muestra de manera inteligente los resentimientos que se pueden construir en una larga relación mal llevada y la forma en que pequeñas cosas pueden gatillar grandes peleas; por último “The Man Who Didn’t Own a Hatshop” es el encuentro de dos extraños en un café, quienes flirtean en base a mentiras.

Desde hace unos años que mi E.T.A. con las mujeres que me cruzo o salgo no ha sido de los mejores. En un principio fue más por mis propios rollos que por otra cosa, ahora parece ser al revés. En fin.

Lo que me deja tranquilo es que a pesar de todo no sería la primera vez que tome un vuelo retrasado.